Este fin de semana estaba buscando unas fotografías entre mis discos duros cuando apareció uno que hacía años que no abría. Pensé que encontraría trabajos antiguos, alguna copia de seguridad o sesiones ya entregadas, pero en lugar de eso comenzaron a aparecer fotografías y pequeños vídeos de hace unos cinco años.
Cinco años.
Puede parecer que no es tanto tiempo, pero cuando esas imágenes son de niños pequeños, cinco años son una auténtica eternidad.
Empecé a ver aquellas caritas redondas, esos mofletes que parecían no terminar nunca, los rizos imposibles de peinar y aquellas sonrisas tan características de la infancia. Después llegaron los vídeos y, sin darme cuenta, me quedé un buen rato mirándolos. Escuché voces que casi había olvidado, niños pronunciando las palabras a su manera, con esa inocencia que solo existe durante unos pocos años de su vida. Me invadió una mezcla de alegría y nostalgia, porque comprendí que esos momentos ya no volverán a repetirse.
Siempre decimos la misma frase: «Cómo pasa el tiempo.» La repetimos en cumpleaños, en comuniones, el primer día de colegio o cuando de repente nos damos cuenta de que aquella ropa que compramos hace nada ya no les sirve. Sin embargo, hasta que no vuelves a encontrarte con un recuerdo de hace unos años, no eres realmente consciente de la velocidad con la que transcurre la infancia.
Como fotógrafa tengo el privilegio de ver crecer a muchísimos niños. Muchos llegan al estudio siendo apenas unos bebés, después vuelven por Navidad, más tarde para una sesión familiar y, casi sin darme cuenta, un día aparecen vestidos de comunión. Entonces miro a sus padres y sé exactamente lo que están pensando, porque yo también lo pienso: ¿de verdad ha pasado tanto tiempo?
Las fotografías tienen algo maravilloso. No solo nos enseñan cómo éramos, sino que nos hacen volver a sentir. Son capaces de devolvernos una mirada, una carcajada, una forma de abrazar o incluso el sonido de una voz que con el tiempo cambia sin que apenas nos demos cuenta. Ningún recuerdo es tan fiel como una imagen o un pequeño vídeo guardado con cariño.
Muchas veces escucho decir: «Ya haremos fotos el año que viene.» Pero la realidad es que el niño del año que viene ya no será el mismo. Habrá cambiado su expresión, su sonrisa, su forma de hablar, sus juegos e incluso su manera de mirar el mundo. La infancia avanza sin pedir permiso y no espera a nadie.
Quizá por eso repito tantas veces a las familias que documenten esos pequeños momentos. Y, curiosamente, después de encontrar aquel disco duro, me di cuenta de que ni siquiera yo siento que sea suficiente. Siempre creemos que tendremos tiempo para hacer una fotografía más, para grabar otro vídeo o para imprimir esas imágenes que siguen guardadas en el ordenador. Pero el tiempo continúa avanzando y, cuando queremos mirar atrás, descubrimos que aquellos niños ya han crecido.
Las fotografías no son importantes hoy. Lo serán dentro de cinco, diez o veinte años, cuando un padre o una madre abra un álbum y vuelva a escuchar mentalmente aquella risa que casi había olvidado. Lo serán cuando unos abuelos sonrían al recordar cómo eran sus nietos de pequeños o cuando esos niños, ya convertidos en adultos, puedan verse tal y como fueron durante una de las etapas más bonitas de su vida.
Quizá esa sea la verdadera magia de la fotografía. No consiste únicamente en hacer una imagen bonita, sino en detener el tiempo durante un instante para que, muchos años después, podamos volver a sentir exactamente lo mismo que sentimos aquel día.
Porque al final, los recuerdos son el regalo más valioso que podemos dejar a quienes más queremos. Y si este artículo consigue que hoy alguien haga una fotografía más, grabe un vídeo de unos segundos o decida imprimir esas imágenes que llevan años olvidadas en un ordenador, habrá merecido la pena escribirlo.